A veces también le pasa al Sebi
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La semana pasada, el mismo día que aprobé mi materia, fui al Casino con Juanchi porque tocaba un brasileiro que tiene una banda genial, Tamandúa Maluco (si no me equivoco). Nos sentamos en dos bien acolchonadas y por demás cómodas, nos pedimos un carlitos que era un derroche de sabor y me hizo reflexionar sobre lo grosso que habrá sido el Carlos que preparó por primera vez ese sandwich tostado para que le dejen su apodo al aperitivo, nos trajeron unas papas fritas que eran una versión casera de las Lays (misma forma, tamaño similar, pero hechas en el lugar - frescas), y me tomé un buen par de fernecitos (Juanchi un par de cervecitas) mientras el brazuca nos deleitaba.
Terminó el reci, y, vicio obliga, nos metimos un rato entre las máquinas.
Inocentemente me sorprendí de que los tragamonedas ahora acepten billetes, una buena manera de agilizar el robo de tu dinero, pensé, y metí un $2 como para no entusiasmarme demasiado.
A la sexta tirada, gané $22. Y quise cobrar para que mis no tan exuberantes monedas armen un poco de revuelo con su clin-clinar.
Los dos viejos de las máquinas lindantes, de seguro empotrados en sus puestos hacía ya unos cuantos cientos de pesos, me miraron con cara de pocos amigos. Juanchi vino de atrás ante el mini-escandelete y me dijo, sabio:
-El Demonio que habita en éste lugar nunca va a dejar pasar la posibilidad de tentar a un nuevo lacayo con la suerte del principiante".
-Es verdad (le dije), cobremos antes que me patine lo poco que gané.
Y saqué la sencilla cuenta de que el Casino me había becado esa noche por haber salido bien, devolviéndome en el juego el dinero invertido en el carlitos y los fernéts.
Ya e' ya. Como para que vean que de tanto en tanto tengo alguiiiiiiiito de suerte.
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