Spiderman y River Plate
..
Hoy caminaban delante mío, por Sarmiento, en dirección a la Plaza, dos nenes. Seguro no tenían más de 10.
Uno era tirando a gringuito. Esos gringuitos con cara de terrible y un diente de adelante entre partido y torcido. Seguro fue la mamá la que le dijo al peluquero que le haga el corte taza, y el peluquero se arrepintió a mitad de camino, imaginó las cargadas que podría llegar a sufrir por su culpa el nene, y le dejó un híbrido entre el pelo corto y el corte taza, que no disimulaban para nada las orejas del gringuito. De un orejón a otro orejón, me solidaricé con su situación.
El otro era un morochito bastante flaquito. Esos nenes que pueden ser víctimas de una ráfaga viento en cualquier momento. No se reía tanto ni cabeceaba tanto para todos lados como el gringo. Obviamente era el sedado del dúo. El que tenía la última palabra. El que razonaba las cosas dos veces.
El gringo tenía una mochila de Spiderman, el morocho, una de River. Ambas les cubrían, obviamente, toda la espalda y más abajo aun. Pareciera como si en la primaria uno debiera poder meterse dentro de la mochila de ser necesario, y te las compran en función de esa eventualidad, proporcional a tu altura. Las dos -mochilas- parecían, como toda mochila de primaria, bien repletas y pesadas, con manuales, cartucheras, lápices y demases. Pero lo de tener mochilas de motivos diferentes, pensaba, debe ser bastante práctico. Los dos podían, por ejemplo, pasarse una mañana -con sus cuatro recreos- hablando de porqué El Hombre Araña era más capo que Guepardo. Y otra mañana, por ejemplo, explicar porqué River era más capo que Boca. En ese caso el gringo, de ser bostero, llevaba las de perder, pues aunque River no esté en su mejor época, el hecho de que el gringo no tuviera mochila de su club demostraba que no era tan hincha de Boca, como el morocho de River. Los dos tenían una botellita de agua en el bolsillo del costado de la mochila. Seguro la idea se le ocurrió al morocho -"Tenemos que tomar agua después de jugar al fútbol, sino nos vamos a deshidratar, yo escuché en la tele"- y el gringo no tuvo más remedio que pasarse la siguiente tarde buscando una botellita vacía, la cual ahora acarreaba a dúo con su secuaz.
Caminaban rápido: Fueron delante mío casi 5 cuadras y no los pude pasar. Y eso que cada paso de ellos habrá sido la mitad de uno mio. Estos dos no tenían planeado perder minutos de su infancia caminando por una avenida, pensé.
En cada esquina, el gringo se asomaba para ver si venían autos como si se estuviera asomando por la cornisa de un décimo piso, y lo agarraba al morocho -que siempre venía mirando para otro lado- del codo, para que no pasara. Capaz al gringo lo traumó algún accidente de algún pariente. O vio mucho programas de choques a peatones en "Videos Asombrosos", el sábado a la tarde. El gringo esperaba que algún auto les diera paso, y automáticamente después lo empujaba al morocho desde el escudo de River en la espalda. Los dos cruzaban corriendo, medio agarrándose, medio a los saltos, y en el mismísimo instante que subían a la otra vereda, giraban al unísono y miraban al automovilista que les dió paso con una sonrisa maliciosa en la cara, no como agradeciéndole el gesto, sino más bien burlándose del automovilista que no los pudo chocar porque ellos cruzaron más rápido. Todas las esquinas, el mismo rito. Todas las esquinas, una aventura-express, pensaba.
Dos cuadras después el gringo se dio vuelta y me estudió con la mirada. Capaz sintió que los venía estudiando yo a ellos, y confirmé qué, aunque más acelerado e inquieto, el era el que cuidaba de los dos por la calle.
Caminaban muy cerquita uno del otro. En la niñez todas las distancias son más cortas, creo. Y parecía que el peso de la mochila y el noviazgo aún no consumado entre sus terminales nerviosas y sus extremidades, hacía que de tanto en tanto uno de los chanflée la trayectoria y choque con los hombros del otro. Como a ninguno de los dos les importaba caminar como una sola cosa, seguían así, en paso simbiótico, por unos metros, hasta que la gravedad o una baldosa floja hacía que se volvieran a separar, al menos, unos centímetros.
El gringo sacó unos cidís viejos de la mochila, y le hizo señas al morocho de que no servían más, y tiró uno como si fuera un freesby. El morocho se volvió y levantó el cidí, y analizando el estado en el que estaba, lo guardó. En la niñez, donde la riqueza se mide en función de la cantidad de golosinas que podés comprar -pensaba- las cosas que tuvieron valor en algún momento de su vida útil, no se tiran así nomás. Se guardan, vaya a saber uno para qué, pero se guardan como tesoros, si o si.
En la siguiente esquina tuvieron que esperar para pasar, y quedé un poco más cerca. No me aguanté y me saqué los auriculares: algo posteable tenían que decir. El morocho dijo algo que al gringo le causó gracia, y aparentemente por eso le metió un chipá. Por suerte en la primaria los chipás todavía no duelen tanto como en el secundario, y el morocho no se mosqueó demasiado por el tongo que cobró.
-Esto de volvernos solos está re-bueno, ¿viste?.
-¡Si!. Nadie te dice cuando tenés que cruzar la calle ni nada.
-Seee.
Fue lo único que me dejaron escuchar.
El gringo le puso una mano en el hombro, y caminaron así unos metros, en señal de mejores-amigos.
Tal vez, pensaba, así como los adultos tenemos el niño adentro, estos enanos tengan el adulto escondido, y eso que le surgió de la nada al gringo, de abrazarlo a su amigo y caminar así orgulloso mostrando el flor de amigo que tiene, sea un gesto a futuro. Tal vez el adulto que el gringo lleva adentro, le quiere dejar un recuerdo al morocho. Pensaba. Un recuerdo para el día en el que el morocho vaya a otro secundario y el gringo deje el colegio para laburar con el viejo y no se vean más. Y ahí será tiempo que el niño que el morocho -ahora adulto- lleva adentro, se acuerde del abrazo del gringo. Aunque al morocho-adulto que es ahora ya casi se le haya olvidado que un día caminaban por Sarmiento y un flaco que venía atrás los miraba cada tanto.
_______________________________________________________