Sal, mi eterna compañera
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¿A nadie le llama la atención qué no cuente nada malo de mi vida ultimamente?
Bueno, la verdad no era que andaba ocultando hechos bochornozos del tipo que me caracterizan, sino que realmente venía safando de la mala leche. Hasta ayer, claro.
El tema es que estábamos por comenzar la jornada vespertina de estudio con.. cierta chica que estudia conmigo y cuya identidad preservaremos por explícito pedido de elia misma.
Cuestión que ya veníamos atrasados una hora respecto a lo estipulado, mayormente culpa mía, lo admito.
Me dispuse entonces a poner el agua para el mate, fui a buscar alguna emisora radial de moderados decibeles, de manera que acompañe nuestra ñoñera, pero sin molestar, y mientras sacaba mis utencilios de nerdsillo ella comenzó a comentarme algo ajeno al estudio, al modo de tertulia.
Como la única tarea pre-estudio que faltaba era que alguien cambiara la yerba del mate, interrumpí su anécdota para pedirle qué, mientras me continuaba comentando los hechos, hiciera el favor de renovar la yerba.
Esta interrumpción aparentemente cayó mal en mi partenier, quien frunció su seño en señal de disgusto, al tiempo que señalaba su entrepierna al grito de "sujetate de ésta". Todo con modismos muy alegantes, claro.
Marcadamente ofendido por lo qué, yo entendía, era un agresión sin fundamentos, tomé el objeto que tenía más próximo a mi mano, mi billetera, y la arrojé contra su cuerpo al grito de "yo ya puse el agua y la música, HDP".
De alguna manera misteriosa, la billetera impactó contra la esbelta cadera de la susodicha, los vulgarmente llamados "congos", y rebotó acelerada, rumbo a la mesada de la cocina. (Con lo anterior, de ninguna manera queremos dar a entender que la figura actual de la agredida haya influído en los posteriores hechos. Entendemos que fue un rebote azaroso de la billetera).
Ésta anécdota hubiera concluído de manera visiblemente aburrida en éste punto si no fuera por un pequeño detalle: Ni la susodicha, ni su hermana, ni nadie, se había hecho cargo de lavar los platos de la comida del mediodía (lo que más tarde violentaría a la Madre de mi compañera, con ira respetablemente justificada).
Ése pequeño detalle de los platos sucios desató una secuencia bochornoza: La billetera salió girando cual boomerang, impactando primero contra un vaso que quedó tambaleando y precipitándose luego al interior del aceite de las milanesas, que aun permanecía en el sarten esperando una mano bondadosa que lo lave.
La billetera se sambuyó en el aceite al tiempo que el vaso tambaleaba de izquierda a derecha, y de adelante hacia atrás, dudando entre caerse o no. Mi compañera gritaba que mi billetera (con unos cuantos pesos, mis carnets y fotos de mis hamsters) se ahogaba en el aceite usado, al tiempo que yo le gritaba que el vaso se caería, que lo sujetara.
Nadie escuchó a nadie y todo empeoró. El vaso -de vidrio, claro, sino esta no sería una historia, claro- se acostó y rodó mesada abajo, como un niño en una colina de pasto, literalmente suicidándose contra el piso de la cocina. Recién en ése momento mi compañera se percató de que la billetera había golpeado en su trayectoria al vaso y recién en ese momento yo me percaté de que mi billetera estaba cubierta hasta la mitad por aceite con olor a milanesas.
Se juntó la mugre y todo el mundo se sentó a estudiar.
Lógicamente fui motivo de risas por parte de la anteriormente mencionada, quien además contaba con la complicidad de dos cotorras (La Pepa y La Lola, que no quisieron hacer declaraciones a este medio sobre los hechos) que habían observado toda la escena y hacían coro junto con la risa de mi compañera, imitando su carcajear.
JA JA JA.
TODO-MUY-GRACIOSO.
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