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No mienta, mi amigo

Posted by El Sei on 4:10 PM in

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Le escribo, amigo, en primer lugar, para que se quede usted de una buena vez tranquilo. Ya he llegado y ni un tiburón tuvo tan mal gusto de querer probar estas viejas carnes que cargo de cuerpo.

Para empezar, le ruego, amigo, usted que gusta de la verborragia exacerbada en papel, tenga a bien no contar que me acodé en la proa de aquel vaporcito que me alejaba del puerto último que pisé de la Italia mía, y que observé las últimas curvas de mi país al que extrañaría como a la más lejana de las amantes. Aquí le confieso que me vi obligado a salir de ese camarote que era un horno para hombres, que de permanecer en la cocina viendo como revoleaban lo que sería mi comida, no habría de cenar, que los austríacos en el comedor contaban los peores chistes que un viajero quisiera escuchar y que el Capitán era en su timonel lo más malhumorado que la patria acuático haya visto.

Cuente, si quiere, que salí a cubierta para no pensar en nada, pero no cuente que el humo de los motores desfilaban hacia atrás en el agua haciendo física mi partida, porque estaría usted mintiendo. Eso turba puerca que salía de las chimeneas casi me ahogo, mi estimado. Tampoco esas colinas eran tan hermosas ni representaban para nada bien la última imagen que querría uno ver de su país. Eran secas, escabrozas y aburridas, pero era el único paisaje que tenía yo a mano hasta que se hiciera de noche y algunos de esos gringos se durmieran para poder leer en paz.

No cuente que la mar era mi lugar, mi correcto trasvaso entre el pasado y el futuro, porque haría usted un malicioso uso de la verdad. Esa inmensidad acuosa no era más que la ruta que me llevaba hasta donde podía ir. Podía ir, no adonde quería, ni debería, ni hubiera esperado ir. No diga que quise con todo mi ser irme hasta allá, ¿me entiende?.

Si algo escribe usted de mi, obviará, lógicamente, hablar de que en esos meses de viaje comí algo digno de mi paladar, ¿verdad?.

Y tampoco dirá que me esperaba en aquel puerto del Plata unos ojos azules que eran los faros de aquella República joven llamada Argentina. Vamos, buen hombre, bien sabe Dios que me vio llegar, que Amalia era la única persona que conocía a quien sabe cuantas leguas de mi casa. Y que esos ojos habrán sido azules en la pubertad, con rimel y esmero, pero hoy no eran más que dos puntos negros por los que entraba información visual hasta su córnea.

Que la Amalia era buena, si quiere escriba, y que cocinaba mejor que el del barco, también se lo permito, pero por favor no diga que nos amábamos en noches interminables de sudor y gemidos, porque sería usted un pornógrafo de baratos recursos. Que nos acompañemos de tanto en tanto después de unas copas de vino, era -más que cualquier otra cosa- una exagerada muestra de cariño entre esa mujer arrugada y este viejo falto de coordinación. Era un agasajo mutuo, créame. Mi paga de alquiler, si usted quiere, eso si diga.

No diga a sus lectores, amigo, que esos días fueron hermosos, que la quinta era un pequeño patio de Dioses y otros adjetivos que se le ocurran. Hermosos fueron los ocho delfines con sus tres crías que se nos pusieron junto cerca del África. Hermoso fue el amanecer número 23 en altamar, en el que Dios Bendito le cedió medio cielo a la tormenta y medio cielo al amanecer, y dio la casualidad que nosotros estábamos justo en el medio y lo pudimos ver. Hermoso era el zorzal que me despertaba no tan temprano mientras estuve en lo de la Amalia. Ni ella, ni yo, ni la Argentina ni la Italia eramos hermosos, usted bien sabe. Eso se muere usted por decir para vender algunos ejemplares, pero no se lo permito.

Será usted fiel a la verdad y no dirá que me fui de lo de Amalia para no herirla, porque a esa mujer de varias vidas en una no se la puede herir con una simple partida, creamé. Bien sabía ella que la fábrica que abrirían en Rosario era de lo que todos hablaban en esos días, y aunque peligroso el trabajo, como dijeron, aquí estoy ganando para mantenerme.

Podría usted, rozando mi enojo, contar que lo extraño. Pero bien sabe, amigo, que añorarlo, recordarlo y enaltecerlo al nombrarlo, son acciones que van más con la talla de mi persona que el maricón y trillado accionar de simplemente extrañarlo como si de una tarta de manzana se tratara, mi amigo.

Lo añora, lo recuerda y lo enaltece ante desconocidos. Su amigo. 

Anibal Marcos.

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